El escándalo desatado por la manipulación del tipo de interés interbancario en la City londinense me provoca una serie de preguntas y reflexiones, ¿por qué cuando un ciudadano roba dinero a otro debe responder ante ley –y la cárcel– pero si es un financiero el que manipula y daña los intereses económicos de otros su responsabilidad parece limitarse a una mera dimisión o a un despido más o menos remunerado?, ¿cómo es posible que los intereses privados prevalgan al bien común?, ¿cómo es posible que desde los poderes públicos se alentasen –presuntamente– este tipo de prácticas?, ¿acaso este tipo de connivencias no es la constatación de la pérdida de poder político (o dejación) de los Estados frente a los poderes económico-financieros?, ¿acaso no estamos asistiendo a una especie de desencantamiento posmoderno en el que estamos tomando conciencia de la ficción meritocrática de un capitalismo tardío realmente basado en la depredación económica, la falta de respeto por las instituciones públicas, la inoperancia de unos anacrónicos mecanismos de control creados y pensados para un mundo constreñido en fronteras nacionales?, ¿acaso el problema que subyace no será un problema moral, un problema de justicia, la constatación de una contradicción que arrastramos desde la génesis misma del capitalismos entre lo formal, esto es, una creencia que apuesta ciegamente por una sociedad civil constituida por contratos entre privados, con una realidad en la que la diferencia de poder negocial entre contratantes (y sin corrección de instituciones públicas) genera injusticias sociales insoportables?
José Rosiñol Lorenzo



